CUANDO ME QUEJO
Hoy, en un ómnibus,
và una chica con cabello dorado y deseé ser tan rubia como ella.
Cuando de pronto se levantó para irse và que cojeaba por el pasillo.
TenÃa una sola pierna y usaba muleta pero cuando pasó, sonreÃa.
Oh, Dios, perdóname cuando me quejo, tengo dos piernas, el mundo es mÃo.
Me detuve para comprar caramelos, el muchacho que los vendÃa era tan encantador, conversé con él, parecÃa tan contento, si llegaba tarde no me preocupaba.
Y mientras me iba, dijo
"Gracias, has sido tan amable. Es lindo conversar con gente como tú, sabes, soy ciego".
Oh, Dios, perdóname cuando me quejo. Tengo dos ojos, el mundo es mÃo.
Más tarde, cuando iba caminando por la calle vi un chico de ojos azules, se paró y miraba a otros jugar. No sabÃa qué hacer.
Me detuve un momento y luego dije:
"¿Por qué no te unes a los otros, querido?"
Siguió mirando hacia delante sin decir ni una palabra. Entonces me dà cuenta que no podÃa oÃr.
*Oh, Dios, perdóname cuando me quejo. Tengo dos oÃdos, el mundo es mÃo.*
Con pies que me llevan a donde quiero ir.
Con ojos para ver el brillo del sol.
Con oÃdos para oÃr lo que sé.
Oh, Dios, perdóname cuando me quejo.
En verdad he sido bendecido, el mundo es mÃo.
La Santa Virgen está entre su Hijo y nosotros.
Aunque seamos pecadores, ella está llena de ternura y de compasión hacia nosotros. El niño que más lágrimas ha costado a su madre es el más querido. ¿No corre una madre siempre hacia el más débil y expuesto? Un médico en un hospital, ¿no presta más atención a los más enfermos?"
Cristo está presente en su Iglesia
Vaticano II
Sacrosanctum Concilium 7-8.106
Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, tanto en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, como, sobre todo, bajo las especies eucarÃsticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allà estoy yo en medio de ellos.
En verdad, en esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadÃsima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno.
Con razón, pues, se considera a la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y realizan, cada uno a su manera, la santificación del hombre; y asà el cuerpo mÃstico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público Ãntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es la acción sagrada por excelencia, cuya eficacia no es igualada, con el mismo tÃtulo y en el mismo grado, por ninguna otra acción de la Iglesia.
En la liturgia terrena participamos, pregustándola, de aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo, ministro del santuario y de la tienda verdadera, está sentado a la derecha de Dios; con todos los coros celestiales, cantamos en la liturgia el himno de la gloria del Señor; veneramos la memoria de los santos, esperando ser admitidos en su asamblea; aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo hasta que aparezca él, vida nuestra; entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria.
La Iglesia, por una tradición apostólica que se remonta al mismo dÃa de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho dÃas, en el dÃa que es llamado con razón dÃa del Señor o domingo. En este dÃa, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la eucaristÃa, celebren el memorial de la pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús, y den gracias a Dios, que, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también dÃa de alegrÃa y de liberación del trabajo. No deben anteponérsele otras solemnidades, a no ser que sean realmente de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.
R/. Cristo ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.
V/. Cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establezcamos separación con el Hijo.
R/. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros.
¡Cuánto amo las pequeñas mortificaciones que nadie ve!: Como levantarse un cuarto de hora más pronto, levantarse un momentito para rezar por la noche; pero hay personas que sólo piensan en dormir.
Podemos privarnos de calentarnos si hace frÃo; si estamos mal sentados, no buscar colocarnos mejor; si paseamos en el jardÃn, privarnos de algunas frutas que nos agradarÃan; al hacer la limpieza en la cocina, no picotear; privarse de mirar algo bonito que atrae la mirada en las calles de las grandes ciudades sobre todo.
Cuando vamos por la calle, fijemos la mirada en Nuestro Señor llevando su cruz ante nosotros, en la Santa Virgen que nos mira, en nuestro ángel de la guarda que está a nuestro lado".
¿Por qué no somos capaces de beneficiarnos más del sacramento de la penitencia? Porque no buscamos todos los secretos de la misericordia del Buen Dios, que no tiene lÃmites en este sacramento.
Cuando vamos a confesarnos, debemos entender lo que estamos haciendo. Se podrÃa decir que desclavamos a Nuestro Señor de la cruz.
Algunos se suenan las narices mientras el sacerdote les da la absolución, otros repasan a ver si se han olvidado de decir algún pecado
Cuando el sacerdote da la absolución, no hay que pensar más que en una cosa: que la sangre del Buen Dios corre por nuestra alma lavándola y volviéndola bella como era después del bautismo.
Los buenos cristianos que trabajan en salvar su alma están siempre felices y contentos; gozan por adelantado de la felicidad del cielo; serán felices toda la eternidad. Mientras que los malos cristianos que se condenan, siempre se quejan, murmuran, están tristes... y lo estarán toda la eternidad. Un buen cristiano, un avaro del cielo, hace poco caso de los bienes de la tierra; sólo piensa en embellecer su alma, en obtener lo que debe contentarle siempre, lo que debe durar siempre.
Ved a los reyes, los emperadores, los grandes de la tierra: son muy ricos; ¿están contentos? Si aman al Buen Dios, sÃ; si no, no están contentos. Me parece que no hay nada que dé tanta pena como los ricos cuando no aman al Buen Dios. Puedes ir de mundo en mundo, de reino en reino, de riqueza en riqueza, de placer en placer; pero no encontrarás tu felicidad. La tierra entera no puede contentar a un alma inmortal, como una pizca de harina en la boca no puede saciar a un hambriento".
Cuando nos abandonamos a nuestras pasiones, entrelazamos espinas alrededor de nuestro corazón.
El que vive en el pecado toma las costumbres y formas de las bestias. La bestia, que no tiene capacidad de razonar, sólo conoce sus apetitos; del mismo modo, el hombre que se vuelve semejante a las bestias pierde la razón y se deja conducir por los movimientos de 'su cadáver' (su cuerpo).
Un cristiano, creado a la imagen de Dios, redimido por la sangre de un Dios.
Un cristiano... hijo de Dios, hermano de Dios, heredero de Dios…
Un cristiano, objeto de las complacencias de tres Personas divinas…
Un cristiano cuyo cuerpo es el templo del EspÃritu Santo: he aquà lo que el pecado deshonra.
El pecado es el verdugo del Buen Dios, el asesino del alma.
Ofender al Buen Dios, que sólo nos ha hecho bien. Contentar al demonio que tan sólo nos hace mal. ¡Qué locura!
