La presencia del reino de Dios

mayo 19, 2022

 

✨ La presencia del reino de Dios


  La presencia del reino de Dios es humilde y aparentemente algo insignificante en la historia de los hombres. La fuerza liberadora de Dios se oculta en la realidad familiar y sencilla de cada día, sin ninguna espectacularidad ni rasgo especialmente llamativo. Sorprende la insistencia de Jesús en presentar el reinado de Dios como «un pequeño grano de mostaza» o «un poco de levadura» (Mt 13, 31-33). La irrupción de Dios en la vida de los hombres sobreviene de manera oscura, y totalmente desproporcionada con el resultado final que está llamada a alcanzar. Las parábolas de Jesús destacan el contraste entre la pequeñez de un comienzo muy modesto y la grandeza prodigiosa del resultado final. No podemos pretender ahora descubrir el reino como una cosecha lograda, sino solamente detectarlo como una humilde siembra.


  El reino de Dios no es un fenómeno que se puede observar y clasificar como una realidad más de nuestro mundo. La fuerza del reino no se mide con criterios humanos. «El reino de Dios viene sin dejarse observar. Y no se podrá decir “vedlo aquí o allá”» (Lc 17, 20-21). Todo aquél que trata de localizar el reino de Dios como un fenómeno observable y dice: «Aquí está», corre el riesgo de equivocarse. Los evangelistas hablan acertadamente del «misterio del reino de Dios» (Mc 4, 11).


  Y sin embargo, hay una invitación de Jesús a percibir los signos de esta presencia de Dios en la historia: «Hipócritas, sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?» (Lc 12, 56). Jesús pone en estado de alerta a los hombres para que se abran a esta intervención decisiva de Dios en la historia y tomen ahora mismo una decisión.


  Y no son los sabios, los filósofos, los científicos, los pensadores profundos los que penetran en el misterio último de la existencia humana. Este es un regalo que se hace a los pequeños, a los pobres. Esta es la convicción profunda, desconcertante y escandalosa de Jesús. Sólo las clases pobres de hombres y mujeres sencillos entienden el misterio último de la vida, como un regalo que el Padre les hace precisamente a ellos: «Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has descubierto a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (Mt 11, 25-26). Sólo desde la actitud del pobre, del sencillo, del necesitado, sólo desde la perspectiva del pequeño, se puede entender el misterio de la vida.


  Recordemos la insistencia de Jesús: «Dichosos vosotros los pobres porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6, 20). «Qué difícil será que los que tienen riquezas entren en el reino de Dios» (Mc 10, 23). «Yo os aseguro: el que no reciba el reino de Dios como niño, no entrará en él» (Mc 10, 15). Desde el poder, desde la riqueza, desde la grandeza, el hombre se queda en el exterior, fuera del reino de Dios. Sólo el que opta realmente por una vida pobre, sólo el que entiende y vive el mundo de los pobres, sólo el que juzga la vida desde la perspectiva de los pobres, sólo el que vive con alma de pobre, encuentra el verdadero sentido de la existencia y puede entrar en la dinámica del reino de Dios y su justicia. ¡Felices los pobres! Es una suerte ser pobre o, al menos, empezar a entender el secreto que se puede encerrar en una vida pobre.


  Como veremos más tarde, Jesús anuncia el reino de Dios como una buena noticia para los pobres. El reino de Dios se abre camino allí donde se puede decir que acontece algo bueno para los pobres y necesitados, para los pecadores y abandonados. El reino de Dios se está haciendo presente allí donde se puede hablar de una buena noticia para los pobres. Así responde Jesús a los enviados del Bautista: «Id a contarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia» (Mt 11, 4-5; cfr. Lc 4, 16-22).


  Podemos percibir la presencia activa del reino de Dios allí donde podemos oír y ver gestos liberadores, creadores de vida; gestos, grandes o pequeños, que pueden ser percibidos por los pobres como la buena noticia de Jesús. Por eso, los discípulos de Jesús sólo pueden anunciar el reino de Dios repitiendo y reactualizando sus gestos liberadores: «Por el camino, proclamad que el reinado de Dios está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis lo recibisteis. Dadlo gratis» (Mt 10, 7-8).


  ¿Dónde está hoy el reino de Dios? No podemos decir «está aquí» o «está allí», pero siguiendo a Jesús podemos afirmar: allí donde se ofrece una esperanza a los que no tienen nada que esperar de este mundo, allí donde hay acogida a los pobres que no encuentran sitio en las estructuras de nuestra sociedad, allí donde se lucha por las gentes oprimidas que no tienen ningún medio para defenderse de los poderosos, allí donde se hace justicia a los maltratados por nuestra sociedad inhumana, allí donde hay un recuerdo vivo por la gente sencilla olvidada y marginada por los importantes, allí donde se ofrece perdón y posibilidad de rehabilitación a los culpables… allí hay gestos que anuncian la presencia humilde del reino de Dios.


G. Crespy escribe así: «Secretamente quizás, pero realmente, no hay un solo combate por la justicia —por equívoco que sea su trasfondo político— que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Allí donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino; se sepa o no, él lo sabe».


  Todo esto quiere decir que cada uno de nosotros vamos descubriendo el sentido verdadero de nuestra existencia y vamos entrando en el dinamismo del reino de Dios en la medida en que nuestra vida es liberadora para los otros, en la medida en que nuestra actuación es buena noticia para los pobres, en la medida en que la justicia del reino de Dios se convierte en el proyecto mismo de nuestra existencia.

[5/19 8:59 AM] ✨ Jenn  ✨: ✨  El Reino de Dios es un regalo


  El reino de Dios no es fruto de nuestros esfuerzos ni mera prolongación de nuestras posibilidades humanas, sino que irrumpe entre nosotros como gracia. El reino de Dios no lo podemos merecer por nuestro esfuerzo religioso o ético, no lo podemos implantar mediante la lucha política, no lo podemos planificar, organizar y construir sólo con nuestras fuerzas. El reino de Dios es un regalo, un don que se nos ofrece gratuitamente (Lc 12, 32; 22, 29; Mt 21, 34). Lo primero que tenemos que hacer es creer en esta oferta, aceptar que Dios se nos acerca como gracia capaz de transformar nuestra historia y abrirnos a los hombres un futuro de esperanza.


  Los cristianos olvidamos con excesiva frecuencia que Jesús habla del reinado de Dios, no del reinado de los hombres. Nuestro lenguaje actual de construir y edificar el reino de Dios está ausente de los evangelios como muy bien lo apuntaba R. Bultmann. «No se habla y no se puede hablar de su fundación ni de su edificación ni de su acabamiento, sino solamente de su proximidad, de su venida, de su aparición». El reino de Dios no es un mero producto del esfuerzo humano. No nos llega por evolución social ni por revolución política, de derechas o de izquierdas.


  Jesús lo anuncia como el gran regalo del amor de Dios que se nos ofrece para enriquecer nuestra existencia y conducir al hombre a su destino definitivo. No es algo que se merece por el trabajo, ni algo que se impone obligatoriamente. Es algo que más bien se hereda, se recibe, se pide. Es algo que se regala libremente como sucede siempre en la vida con las cosas verdaderamente grandes (el amor, la amistad, la sonrisa, la ternura, la confianza). Este mensaje de Jesús supone una verdadera revolución del horizonte de nuestra existencia: «Al final de todos los caminos no se encuentra el duro esfuerzo del hacerse; en el final está el amor, está el encuentro gratuito y transformante con el Dios que nos asume en su futuro transformado y nos convierte en hombre nuevo» (X. Pikaza).


  ¿Qué sentido puede tener todo esto en nuestra sociedad? Son muchos los pensadores que subrayan como rasgo básico de la sociedad moderna el esquema mental de la productividad. Al hombre se le valora por lo que produce. El sentido de la vida humana se reduce a utilidad, rendimiento, éxito, eficacia. En el fondo de la conciencia moderna de nuestro tiempo existe la convicción de que para dar a nuestra vida el máximo sentido tenemos que sacarle el máximo de utilidad y rendimiento. El hombre moderno corre el riesgo de perder el sentido de lo real para producción. Incluso, en la diversión, el ocio y el juego, son pocos los hombres que saben gustar la afirmación gozosa de la vida, como una alternativa al esquema cotidiano de trabajo, al comportamiento convencional y a la mediocridad. Hay hombres y mujeres para los que nunca es domingo, nunca es fiesta. H. Zahrnt habla de los eficaces como «los fariseos de esta sociedad moderna de producción. Piensan alcanzar por medio de sus obras la felicidad, no ya de los cielos, sino de la tierra».


  Naturalmente, el esquema de productividad domina radicalmente la visión marxista de la vida. K. Marx considera al hombre exclusivamente como un productor de sí mismo y de sus condiciones de vida. Desde la óptica marxista, la historia del mundo no es sino el parto doloroso de un hombre nuevo, gracias al trabajo humano. Pero esta visión de la existencia no es sólo propia de los países socialistas del Este, sino también de los países capitalistas de Occidente. Desde el punto de vista de la valoración práctica del hombre, hay muy poca diferencia entre el capitalismo y el colectivismo. En ambos casos se mide al hombre por su producción, lo que conduce, de una manera u otra, a la alienación. Incluso la Iglesia cristiana respira este aire de eficacia y rendimiento: siempre grave, seria, preocupada por el éxito y la eficacia de su actuación, incapaz muchas veces de agradecer y adorar.


  El mensaje del reino es una llamada a un nuevo estilo de vida, que se entiende no a partir de aquello que nosotros estamos construyendo, sino a partir de Dios y del futuro que se nos promete. Desde el reino de Dios la vida no es un poder para esclavizar a los hombres, ni un saber para masificar a las gentes, ni un producir para ahogar el espíritu, sino un regalo para que el hombre se abra gratuitamente al otro hombre, y todos al misterio último del Amor que se anuncia desde ahora para el final.


  El mensaje del reino de Dios nos recuerda algo muy importante para el hombre de hoy. El hombre no adquiere su verdadera identidad ni logra su liberación sólo por medio de su acción y su trabajo. El verdadero sentido de la vida no se reduce a la actividad. La existencia, en su misma raíz, no es fabricación sino acogida. «El que solamente pone el sentido de su vida en lo que tiene de aprovechable y útil, terminará necesariamente en una crisis vital, cuando en la enfermedad y en la pena le parezca todo, e incluso él mismo, inútil y desaprovechable» (J. Moltmann).


  San Pablo nos recuerda en la Carta a los Corintios: «¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido?» (1 Co 4, 7). Es bien conocida la insistencia de Jesús en que no se puede entrar en la dinámica del reino sino con corazón de niño: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de Dios» (Mt 18, 2). Así comenta H. Zahrnt las palabras de Jesús: «Presenta al niño como un ejemplo de lo que debería ser toda actitud existencial verdadera, una actitud en la que el hombre no gana su vida a fuerza de trabajo, tensión y lucha, sino donde la recibe como un don, con alegría confiada». Aquel que ha comprendido que su vida no es producto de sus energías y de sus esfuerzos, sino que la está recibiendo de Otro, empieza a comprender el evangelio.


  «Para justificar nuestra existencia solemos proponernos algo, o quererlo o hacerlo, como si nuestra existencia estuviera justificada y fuera bella por eso, cuando en realidad ocurre al revés, que nuestra existencia está justificada y es bella antes de que hagamos algo o dejemos de hacerlo» (J. Moltmann).


  Esto no significa una invitación a no tomar en serio nuestra responsabilidad. Precisamente porque Dios nos ofrece la posibilidad nueva y definitiva de nuestra existencia como un don, por eso, el reino se traduce de manera inmediata en acogida, exigencia, respuesta, conversión personal y colectiva. Ante el regalo de la vida es necesario decidirse y actuar. «Para Jesús, el reino es, en primer lugar, un don. Sólo partiendo de esto se entiende el sentido de la participación activa del hombre en su advenimiento» (G. Gutiérrez).


  La gratuidad del reino de Dios no significa pasividad en su acogida. Al contrario, podríamos decir que es en la praxis de la justicia donde la gratuidad del reino alcanza su mayor plenitud, pues se nos regala la capacidad de hacer surgir un hombre nuevo. «La gratuidad no consiste sólo en los ojos nuevos para ver y los oídos nuevos para oír, sino en las manos nuevas para hacer» (J. Sobrino).


  Sólo saliendo de la pasividad se puede entender el regalo del reino y de la vida. Sólo cuando un hombre hace la experiencia de seguir a Jesús prácticamente y se encuentra de hecho tratando de «hacer» el reino, entonces puede descubrirlo como gracia. Desde ahí es posible evitar dos peligros graves que amenazan al hombre actual: el activismo donde nos creemos cada uno indispensables porque, en el fondo, creemos que los hombres lo tenemos que hacer todo, y la resignación que nos conduce a vivir sin creatividad alguna, con el sentimiento de estar aplastados tanto individual como colectivamente, por una tarea que nos desborda.


  Esta es una de las grandes contribuciones que la fe puede prestar al hombre actual. Denunciar la dimensión utilitarista de nuestra sociedad e invitar a los hombres a no vivir exclusivamente bajo el signo de lo útil y eficaz. Tampoco los hombres de hoy debemos olvidar que la vida es un misterio. Ignoramos de dónde hemos venido y hacia dónde vamos. Nos sentimos separados del misterio, de la profundidad y de la grandeza de nuestra existencia. Y sin embargo, en el fondo de toda vida humana hay una confianza implícita, a veces, inconsciente de que tiene que tener un sentido.


  El mensaje de Jesús es una invitación a enfrentarnos con confianza a la vida, para vivir nuestra existencia desde el dinamismo del misterio: «Creed en esta buena noticia. En el fondo de la historia podéis encontrar esperanza. El hombre no se crea a sí mismo, sino que está recibiendo su vida de Otro. El mundo no marcha solo, perdido y abandonado a sus propios recursos, sino que está siendo conducido por Alguien. La vida es mucho más que esta vida. Este mundo no es lo último que nos espera, la verdad absoluta. La humanidad no se termina y agota en sí misma. El fondo infinito e inagotable de la vida es bondad, acogida, perdón, liberación, plenitud. El nombre de esa realidad insondable que nos acoge, que da sentido total a la existencia, que nos hace descubrir la vida en toda su profundidad y nos puede conducir a la plenitud es Dios nuestro Padre».


  Jesús «anunciaba la buena noticia de Dios» (Mc 1, 14) y su mensaje es un reto también para el hombre de hoy. «Sentimos que algo radical, total e incondicional, nos es pedido; pero nos rebelamos contra ello, intentamos rehuir su apremio, y no queremos aceptar su promesa» (P. Tillich). Se nos invita a creer que desde lo más profundo de la existencia hay un Padre que nos acepta. Cuando experimentamos la existencia como gracia y cuando llegamos a aceptar profundamente el hecho de que somos aceptados, es cuando podemos aceptar la vida, abrirnos a los otros y vivir con profundidad.


  Esta es la buena noticia que puede ser sal de la tierra también hoy. En esta sociedad en donde todo está determinado por la finalidad, la racionalidad, la rentabilidad, puede inyectar un nuevo aire de desinterés y gratuidad, y ayudar a los hombres a saborear la vida con otra profundidad.


  Se puede vivir esperando y buscando incluso lo que es inalcanzable por nuestros propios esfuerzos. En eso consiste la fe cristiana: sentir ese límite último de toda actividad humana, sentirnos remitidos a Alguien más y mejor que nosotros, acoger a ese Padre que se nos descubre en Jesús, creer en la plenitud de vida que se nos ofrece en Cristo resucitado.


  Terminamos esta reflexión con unas palabras enormemente sugerentes de R. H. Alves que pueden causar impacto a cualquier hombre que honradamente se enfrenta a la vida. ¿Qué es la esperanza? «Es el presentimiento de que la imaginación es más real y la realidad menos real de lo que parece. Es la sensación de que la última palabra no es para la brutalidad de los hechos que oprimen y reprimen. Es la sospecha de que la realidad es mucho más compleja de lo que nos quiere hacer creer el realismo, que las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente y que, de un modo milagroso e inesperado, la vida está preparando un evento creativo que abrirá el camino hacia la libertad y hacia la resurrección».


  Esta esperanza debemos descubrirla y contagiarla, pues es lo mejor que podemos ofrecer a la sociedad actual. Sería una equivocación el despreciarla como algo inútil e ineficaz. Olvidando a Dios, razón última de nuestra esperanza, no aumenta la eficacia política de la fe, sino que se la debilita desde su raíz.


  Escuchemos la profunda reflexión de J. Moltmann: «Sólo el que es capaz de felicidad puede dolerse de los padecimientos propios y ajenos. Quien puede reír, puede también llorar. Quien tiene esperanza, es capaz de aguantar con el mundo y sentir sus dolores. Cuando la libertad se va acercando, es cuando comienzan a doler las cadenas. Cuando el reino de Dios está cerca, es cuando se empieza a sentir la profunda sima del abandono de Dios. Cuando se puede amar, porque se siente el amor, también se puede sufrir, asumir el dolor y vivir con los muertos».

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