Liberación del pecado

mayo 20, 2022

 

✨ Liberación del pecado


  Para la sensibilidad del hombre moderno el lenguaje empleado por Jesús resulta sospechoso y hasta inaceptable, pues el reino de Dios guarda para nosotros un sabor autoritario y dominante. Nos hace pensar fácilmente en un Dios Señor que domina a los hombres como esclavos. Y ya hoy nadie quiere aceptar una teocracia que oprima la libertad de los hombres. La crítica de la religión llevada a cabo por K. Marx y L. Feuerbach ha dejado una huella profunda en el hombre moderno. Hay que criticar toda religión que hunda a los hombres en su miseria consolándolos con una recompensa futura en el más allá, y que los ate a una autoridad supraterrena que los prive de libertad y creatividad.


  Pero el mensaje de Jesús hay que entenderlo desde la sensibilidad, la fe y el horizonte de la tradición bíblica. El pueblo de Israel esperaba la llegada del reino de Dios no como la venida de un tirano que esclaviza, sino precisamente como la liberación de esclavitudes, señoríos injustos y opresiones de los poderosos. Más todavía. A Yahveh se le aguarda no como un rey que ejercerá la justicia de modo neutral o imparcial, sino como alguien que ayudará y protegerá a los desvalidos, los indefensos, oprimidos,  esclavos. De Yahveh se esperaba liberación, justicia, paz, verdadera fraternidad. Por eso la llegada del reino de Dios es una buena noticia (Is 52, 7-9) y un llamamiento a la liberación: «Levántate, levántate, revístete de tu fortaleza, oh Sión… Sacúdete el polvo, levántate, Jerusalén cautiva; desata las ligaduras de tu cuello, cautiva, hija de Sión» (Is 52, 1-2).


  A Jesús sólo se le puede entender desde este horizonte. Toda su actuación y todo su mensaje nos anuncian la llegada de un Dios liberador. Recordemos solamente la respuesta a los enviados de Juan que lo resume todo: «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la buena noticia» (Mt 11, 5). La respuesta de Jesús supone que el reino de Dios es liberación del hombre en todos los niveles. El reino es siempre transformación de una situación mala, superación del mal destructor. La acción de Dios entre los hombres la concibe Jesús siempre como una liberación de una situación de opresión. Por eso, recoge bien Lucas el programa de Jesús en términos de liberación: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la buena noticia, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).


  Toda la actuación y el mensaje de Jesús en medio de aquel pueblo oprimido políticamente y religiosamente, toda la actividad curadora de Jesús sobre aquellos enfermos incapaces de curarse a sí mismos y dominados por un poder mayor que ellos, su acogida y su perdón a los pecadores y culpables ante Dios y ante aquella sociedad religiosa, su defensa constante de los pobres y explotados, su solidaridad con los marginados y despreciados por la sociedad… nos descubre que la buena noticia del reino de Dios no puede comprenderse en continuidad con esas situaciones de injusticia, división, opresión y destrucción, sino en discontinuidad, como ruptura y liberación. Reino de Dios significa cambio liberador de la situación.


  Toda la actuación de Jesús nos descubre que «la liberación es el rostro por el cual Dios se revela hoy» (L. Boff). Donde reina Dios hay liberación del hombre, y quien no ha comprendido esto, no ha comprendido todavía a Jesús de Nazaret, y corre además el riesgo de olvidar uno de los lugares privilegiados y casi único en que el hombre moderno puede hacer, de alguna manera, la experiencia de Dios.


  La fe en un Dios liberador puede ser decisiva para el futuro del cristianismo. Hoy todos somos humanistas. En todas las religiones, filosofías, ideologías y sistemas políticos se plantea el problema del hombre, y, de una manera o de otra, se está de acuerdo en que debemos buscar la realización  de la humanidad. El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cómo se puede lograr hacer al hombre más humano. L. Feuerbach y K. Marx han pensado que para esto es necesario suprimir a Dios. Sólo cuando «el hombre sea el ser supremo para el hombre», la humanidad podrá caminar hacia su verdadera liberación y realización. Pero ¿es esto realmente así? Hasta el momento actual, no se puede decir que la divinización del hombre lo haya hecho más humano. «Que el hombre sea el dios y creador de sí mismo, suena ciertamente maravilloso, pero en ninguna de las maneras lo hace más humano.» (J. Moltmann).


  La cuestión de saber si el hombre puede ser más humano sin Dios, va a ser la prueba más decisiva para el futuro del cristianismo. ¿Cuándo es el hombre más grande y más humano, cuando sabe situarse correctamente ante el Dios liberador de Jesús o cuando se le diviniza y se le deja sólo como dueño y señor de todas las cosas?


  El mensaje de Jesús es un verdadero reto. Según Jesús, sólo cuando acepta a Dios como único Señor y lo acoge como origen y centro de referencia de toda su existencia, puede el hombre alcanzar su verdadera medida y dignidad. Sólo desde Dios descubre el hombre sus verdaderos límites y la grandeza de su destino. Sólo desde Dios puede caminar hacia su verdadera liberación.


  Es una equivocación buscar la autorrealización en una actitud de aislamiento y soledad. El hombre no existe nunca como un ser solitario, independiente, dueño y señor de su existencia. Lo importante es verificar a qué se somete y de quién hace depender en último término su existencia. Descubrir cuál es el dios público o privado al que rinde su ser, cuáles son los ídolos que adora. Cuando el hombre somete su existencia de manera absoluta al trabajo, al capital, a la técnica, al rendimiento, a la salud, al dinero, a la seguridad, al éxito, al sexo, al poder, al Estado, a la nación, a la raza, etc., queda mediatizado, y su vida se convierte en esclavitud.


  Sin embargo, con esto no está dicho todo. La crítica de la religión del ateísmo actual nos interpela a los cristianos a que hagamos ver con claridad cómo es Dios en concreto liberador de la vida esclavizada del hombre, y a que extraigamos del mensaje de Jesús todas las exigencias sociales y políticas. Por otra parte, los cristianos debemos invitar a los ateos a hablar más humanamente del hombre para que no le atribuyan un poder divino que en realidad no tiene, y no le desborden con sus exigencias absolutas que sólo le pueden llevar al desengaño. El humanismo ateo moderno «atribuye al hombre una dignidad que no se puede probar de una manera positivista o científica, y anuncia una humanidad que no se comprende con argumentos puramente racionales» (H. Zahrnt).

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