La oración en la vida de Jesús
mayo 02, 2022✨ La oración en la vida de Jesús
🕐 5 minutos
🗣️ Artículo publicado en la revista Surge # 307 (1972)
Lo primero que se observa con claridad después de una sencilla visión panorámica de todos los datos recogidos en los evangelios, es que la oración no es algo secundario, marginal, accidental en la vida de Jesús. Al contrario, en la imagen de Jesús que ha quedado recogida en la comunidad cristiana, la oración ocupa un lugar esencial, fundamental e insustituible.
La oración acompaña todas las grandes decisiones y los acontecimientos importantes de la vida de este hombre que ha dicho «es necesario orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1). Según Lucas, Jesús ha inaugurado su ministerio mesiánico haciéndose bautizar por Juan y recibiendo el Espíritu cuando se hallaba en oración: «Cuando todo el pueblo estaba bautizándose, habiéndose bautizado también Jesús y habiéndose puesto en oración, se abrió el cielo y bajó sobre Él el Espíritu Santo» (Lc 3, 21-22). Recibido el Espíritu, Jesús no se lanza inmediatamente a la actividad y a la predicación por las aldeas de Galilea. Los tres evangelistas sinópticos, sin hablarnos explícitamente de la oración, nos presentan a Jesús retirado al silencio del desierto antes de comenzar su actividad profética. Cuando Jesús quiere elegir a los doce que reunirá junto a sí para formar el nuevo Israel «se fue al monte a orar y se pasó la noche en oración a Dios, y cuando amaneció, llamó a sus discípulos y eligió doce entre ellos» (Lc 6, 12-13). Más tarde, el diálogo de Cesárea de Filipo en el que Pedro confiesa de alguna manera la mesianidad de Jesús y que marca una etapa importante en la predicación de Jesús, es un diálogo preparado por la oración: «Estaba él orando a solas y se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: 18).
Seis días más tarde, según la cronología de Marcos, tiene lugar la transfiguración. Según Lucas, la manifestación de la gloria de Jesús tiene lugar durante la oración: «Tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó» (Lc 9, 28-29). Más tarde, estos mismos discípulos serán testigos de la oración angustiosa de Jesús en Getsemaní cuando se muere de tristeza y de miedo, ante la proximidad de la muerte. Al día siguiente en la cruz, Jesús se muere orando. Cuando no puede ya hacer otra cosa, se dirige al Padre pidiendo perdón por sus asesinos: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Un poco más tarde, Jesús termina su vida lanzando un grito de oración confiada en Dios: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23, 46).
Ya esta simple observación de los datos nos descubre que la oración no es una ocupación cualquiera en la vida de Jesús. Pero quizás podríamos pensar que se trata de una actividad muy especial que sólo la encontramos en los momentos más importantes y decisivos de su vida. Una observación más detenida de los evangelios nos va a descubrir que la oración está integrada en toda la actividad de Jesús. La oración aparece ligada no solamente a unos momentos precisos y decisivos, sino que está presente a lo largo de toda su vida. Lucas nos recuerda esta costumbre de Jesús: «Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lc 5, 16). Parece como que Jesús se defiende de la actividad, la agitación, el cansancio, la dispersión, acudiendo a la oración silenciosa con Dios. La tradición de Marcos en el capitulo 1, dentro de una sección el evangelista parece describir una jornada típica de Jesús que resume bien su primera actividad en Galilea, dice así: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario donde se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: “Todos te buscan”» (Mc 1, 35-37).
Estos datos pueden ser de una importancia enorme. Jesús, el hombre entregado al servicio de sus hermanos, el hombre que ha vivido pendiente de los otros, ha sido alguien que no se ha dejado vencer por el activismo, la agitación, la prisa, la dispersión, sino que ha buscado a lo largo de su vida el silencio y la oración, incluso, cuando todos le andaban buscando.
Pero hay que decir algo más. Jesús no solamente busca en medio de su actividad momentos de oración, sino que su misma acción va acompañada de la oración. Jesús va curando a los enfermos y va expulsando a los demonios por medio de la oración, y cuando los discípulos le preguntan extrañados: «¿Por qué no pudimos nosotros expulsarle? Les respondió: Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración» (Mc 9, 28-29). Jesús, que vive en oración, es el único capaz de liberar eficazmente a los hombres del mal. En varias ocasiones, nos recuerdan los evangelistas que el desarrollo de su ministerio y la realización de la acción salvadora de Dios le ha hecho a Jesús prorrumpir en un grito de acción de gracias al Padre. Cuando regresan los discípulos alegres porque hasta los demonios se les someten, Jesús «en aquel momento se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito”» (Lc 10, 21). En el momento de resucitar a Lázaro, Juan nos presenta a Jesús, rodeado por la gente expectante, que se recoge en oración y levantando los ojos dice: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas, pero lo he dicho por éstos que me rodean, para que crean que Tú me has enviado» (Jn 11, 41).
Jesús no ha vivido solo. San Juan, más tarde, al penetrar en el misterio de Jesús, pondrá en su boca estas palabras: «Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16, 32). En medio de su actividad Jesús convivía con el Padre y este con-vivir con el Padre se ha expresado en diálogo, acción de gracias y oración explícita a Dios.


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