Actitud ante los milagros
mayo 23, 2022✨ Actitud ante los milagros
Antes que nada y para situarnos mejor ante estos relatos, vamos a trazar brevemente la historia de la actitud que se ha adoptado ante los milagros dentro de la Iglesia cristiana.
Los primeros pensadores cristianos se preocupan sobre todo de destacar el carácter de signo que tiene el milagro como acontecimiento que puede orientar a los hombres hacia la revelación. Además se puede observar en general un interés grande por resaltar la diferencia que existe entre los milagros de Jesús y los prodigios realizados por milagreros no cristianos, como Apolonio de Tiana.
S. Agustín es el primero que se ocupa del milagro de una manera más sistemática. Su pensamiento influirá claramente hasta fines del s. XII. S. Agustín acentúa fuertemente el valor de signo propio del milagro, sin detenerse tanto en su carácter trascendental. Concretamente, no ve en el milagro una intervención directa del poder creador de Dios, sino una actuación de Dios que despierta unas fuerzas y un dinamismo que está oculto ya en la creación. Así puede decir que todo lo que acontece en el mundo natural puede ser calificado de milagro, pues nos revela, de alguna manera, la grandeza y la bondad de Dios. Y los que nosotros llamamos propiamente milagros, solamente se distinguen de los acontecimientos naturales no por el poder que en ellos se despliega, sino por su carácter insólito y desacostumbrado. «Los milagros por los que Dios rige el mundo y gobierna la creación entera se nos han hecho por su cotidianeidad tan sin relieve que ya casi nadie estima en algo el considerar las maravillosas y asombrosas obras de Dios en cada grano de trigo. Por eso, fiel a su misericordia, Dios se ha reservado el llevar a cabo en determinados momentos algunas cosas que quedan fuera del curso y orden normal de la naturaleza, para que los hombres, obtusos para con los milagros de cada día, se dejen impresionar al ver un acontecimiento no mayor, pero sí más insólito. Verdaderamente, la ordenación del universo entero es un milagro mayor que el saciar a cinco mil hombres con cinco panes. No obstante, nadie se admira de lo primero, mientras que lo segundo causa asombro entre los hombres».
La teología escolástica medieval adoptará una postura muy diferente. El carácter de signo propio del milagro pasa a un segundo plano. Los teólogos escolásticos se preocupan de analizar cuál es la naturaleza exacta de la intervención poderosa de Dios en el milagro. Santo Tomás define el milagro como un acontecimiento que «sucede fuera del orden de la creación entera». Aunque no se olvida totalmente la función significativa del milagro, la atención se centra en el milagro como un acontecimiento que trasciende y supera las fuerzas de la naturaleza. Así, Santo Tomás considera como milagros la encarnación y la Eucaristía aunque se trata de acontecimientos que no pueden ser verificados por los sentidos y que, por lo tanto, no pueden cumplir la función de signo propia de los milagros. Esta concepción del milagro dominará la teología hasta fines del s. XIX.
Con la aparición y desarrollo de las ciencias naturales, la teología se encuentra por vez primera frente a una postura crítica ante los milagros. Pensadores como Spinoza, Bayle, Voltaire, Hume, etc. repiten de muchas maneras el mismo argumento: El milagro es imposible porque significaría que Dios quebranta las leyes impuestas por él mismo a la naturaleza. Fruto de este ambiente, la exégesis racionalista adoptará una doble postura ante los relatos evangélicos que nos hablan de los milagros de Jesús: o bien, se rechaza totalmente el carácter histórico de estos relatos, o bien se admite un núcleo histórico primitivo que puede ser explicado de manera natural.
La teología apologética reacciona afirmando con fuerza que el milagro consiste precisamente en la suspensión o ruptura de las leyes naturales y que, en consecuencia, sólo puede ser realizado por el Creador. De esta manera, nace en la teología una concepción nueva del milagro que dominará hasta nuestros días. Ante los relatos evangélicos de milagros, la postura es clara: primeramente, es necesario probar la historicidad de estos relatos para demostrar que esos sucesos que se nos narran, realmente tuvieron lugar; luego, es necesario probar que se trata de acontecimientos que no pueden ser explicados por las fuerzas o las leyes de la naturaleza. De esta manera, se podrá llegar a demostrar el carácter divino de Jesús de Nazaret.
Podemos decir que estos últimos años, al predicar sobre los milagros de Jesús, se ha partido de este presupuesto: en estos relatos evangélicos se nos describen hechos realizados por Jesús que superan las leyes de la naturaleza y que, por lo tanto, prueban de manera evidente la divinidad de Jesucristo.
Pero ¿pensaban también así aquellos primeros cristianos que recopilaron y redactaron estas narraciones? ¿Qué pensaron de los milagros en la primitiva comunidad? ¿Qué valor encerraban para ellos? Quizás un conocimiento más preciso de la fe de la primera comunidad en la que se escribieron estos relatos nos ofrezca una orientación y unas directrices para entender mejor la actuación de Jesús.


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