Transformación
mayo 10, 2022
✨ Una transformación de la vida
🕐 4 minutos
La expresión tan frecuente en boca de Jesús de reino de Dios (malkûtâ d’alâhâ) tenía un significado algo distinto al que puede tener la palabra reino para un occidental. No tiene un significado estático, espacial, como si designara un territorio, un lugar en donde reina Dios. Se trata de un concepto dinámico y designa el acto de reinar, el señorío, la actuación real de Dios. Por otra parte, no se trata nunca de algo abstracto, sino de un acontecimiento concreto, algo que se está realizando, una intervención concreta de Dios en la vida de los hombres. De ahí que la expresión reino de Dios deba traducirse mejor al castellano como reinado de Dios.
Cuando Jesús habla del reino de Dios, está hablando de la fuerza que tiene la actuación de Dios entre los hombres. Jesús habla de la acción de Dios, que interviene en la historia de los hombres y la lleva hacia una meta de plenitud y de sentido.
Pero, según toda la tradición bíblica, Dios siempre interviene para modificar el orden de cosas existente y establecer una nueva situación. El reino de Dios supone un nuevo orden de cosas. «Allí donde la historia de los hombres continúa simplemente como estaba, no ha llegado la verdad del reino» (X. Pikaza). Donde las cosas no cambian, no está actuando Dios.
Más en concreto, el reino de Dios, según la tradición de Israel, no consiste simplemente en gobernar de manera neutral o imparcial a los hombres. La justicia de Yahveh rey consiste en romper la situación para abatir a los poderosos y opresores, y defender a los desvalidos, los débiles, los pobres y explotados (Sal 72, 4. 12-15; Is 29, 19-20). El reino de Dios que anuncia Jesús es subversivo en el sentido de que supone siempre una amenaza para todo orden establecido y una llamada constante al cambio y a la transformación en favor de los oprimidos. Dios no reina sino para transformar nuestra historia, ir suprimiendo las diversas injusticias e ir impulsando a los hombres hacia el fin de toda opresión.
Lucas ha puesto en boca de María el cántico del Magníficat que recoge muy bien la predicación profética sobre el reino de Dios, y anticipa exactamente el mensaje de Jesús: «Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y levanta a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 51-53). Cuando Jesús anuncia que el reino de Dios está cerca, quiere decir que una transformación profunda se va a producir, un nuevo orden de cosas está próximo: los planes de los arrogantes desbaratados, los poderosos abatidos de sus puestos de poder, los pobres elevados, los hambrientos saciados, los ricos empobrecidos.
No hemos entendido a Jesús mientras no hemos escuchado esta llamada: «Un nuevo orden de cosas introducido por Dios está a vuestra disposición. Una verdadera revolución del mundo está cercana. No preguntéis cuándo será un logro definitivo. Vosotros decidios ahora. Creed en esta buena noticia. Comprometeos en este cambio. Aceptad esta oferta de Dios. Acoged esta transformación. Buscad el reino de Dios y su justicia en favor de los desvalidos, los empobrecidos, los indefensos. Todo lo demás es accidental. Se os dará por añadidura».


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