La defensa de la mujer

mayo 01, 2022

✨ La defensa de la mujer

🕐 Tiempo de lectura:  6 minutos.


  Para comprender mejor su postura hemos de analizar la condición de la mujer en la sociedad judía.


  La mujer no participaba en la vida pública, sino que quedaba confinada al ámbito del hogar. Su contacto con el mundo exterior era muy limitado. Cuando salía de casa lo hacía con el rostro cubierto y no le estaba permitido detenerse a conversar con un varón. En general, la comunicación con la mujer era considerada de manera muy negativa. Se conservan dichos como los siguientes: «No se le dice nada a una mujer en la calle, ni siquiera a la propia mujer, y naturalmente mucho menos a otra». «Cuando un hombre habla mucho con la mujer se atrae su propia infidelidad y se aparta de las palabras de la Torá».


  Dentro del hogar, la mujer sufre una clara discriminación que hace de ella un ser inferior al varón. Hasta los doce años, la joven no tiene ningún derecho y está totalmente en poder de su padre que la puede casar con el que quiera. Al celebrarse el matrimonio, la mujer pasa al poder del esposo. Dentro de la vida conyugal, la mujer es considerada como objeto de placer para el esposo y como instrumento de fecundidad para la familia. Los deberes de la mujer son los de una esclava del hogar: asegurar la comida, alimentar al marido y a los hijos, moler, lavar, cuidar del hogar, lavar a su marido el rostro, las manos y los pies, etc.


  Para comprender la situación penosa de la mujer en el matrimonio baste recordar que estaba permitida la poligamia y el repudio. De hecho, la poligamia no era demasiado frecuente por razones económicas, pero la mujer no podía protestar si el esposo decidía introducir una nueva mujer en el hogar. El repudio era mucho más frecuente. El varón tenía derecho a repudiar a su esposa. Según la escuela de Shammay, sólo en caso de adulterio de la mujer. Pero, según la escuela de Hillel, ampliamente seguida en la práctica, basta que el varón encuentre algo desagradable en su esposa (fealdad, mala preparación de la comida, etc.).


  La situación jurídica de la mujer era totalmente discriminatoria con respecto al varón. No tenía los mismos derechos en la sucesión, la herencia de bienes, etc. El testimonio de la mujer no tenía jurídicamente ningún valor en la mayoría de los casos. Era impensable que pudiera ocupar ningún cargo o función pública. En la legislación aparecen junto a los esclavos y los niños, ya que tienen sobre sí la autoridad del esposo.


  También en el campo religioso la mujer es claramente marginada. En las sinagogas no pueden estar junto a los varones sino en un lugar secundario, muchas veces separadas por unas rejas. No tienen derecho a leer nada en la liturgia sinagogal. En el templo, naturalmente, no pueden llegar hasta el patio de los varones judíos, sino que deben permanecer en su propio recinto.


  Ante la Torá, la mujer no es igual que el varón. Está sometida a todas las prohibiciones de la ley, pero no se cuenta con ella en momentos importantes del culto judío. Así, las mujeres no tienen obligación de recitar diariamente la shema, ni de subir en peregrinación a Jerusalén en las fiestas de Pascua, Pentecostés y las Tiendas… Por otra parte, no se les enseña la Torá, ni son admitidas en las escuelas rabínicas. Así se expresan los dichos rabínicos: «Quien enseña a su hija la Torá, le enseña el libertinaje» (pues hará mal uso de lo aprendido). «Antes sean quemadas las palabras de la Torá que confiadas a una mujer». Los rabinos no aceptaban a las mujeres entre sus discípulos ni se detenían a enseñarles las Escrituras.


  De esta manera, la mujer, sin verdadera autonomía, esclava de su propio esposo, ignorante de la ley, sospechosa de impureza ritual a causa de la menstruación, discriminada religiosa y jurídicamente, sufre una marginación lamentable en la sociedad judía. Es significativa la oración que recomienda R. Jehuda para ser recitada diariamente por los varones: «Bendito seas Dios porque no me has creado pagano, no me has hecho mujer y no me has hecho ignorante».


  La actitud de Jesús fue realmente revolucionaria en este contexto social, y podemos afirmar que fue una buena noticia para la mujer.


  En primer lugar, Jesús rompiendo tabúes y costumbres anteriores, acepta entre sus discípulos y seguidores a las mujeres. Se trata de una conducta inaudita para un escriba (Mc 15, 40-41; Lc 8, 1-3). En la mentalidad de Jesús, las mujeres tienen el mismo derecho que los varones a escuchar la palabra de Dios y el mensaje de salvación. Jesús rompe la norma de mantener a la mujer al margen de la enseñanza de las Escrituras.


  Jesús, oponiéndose a todas las escuelas rabínicas e incluso criticando la ley de Moisés (Dt 24, 1), defiende a la mujer en el matrimonio condenando la poligamia y el repudio decidido exclusivamente por el varón (Mc 10, 1-12 = Mt 19, 1-9). Defiende la igualdad del varón y la mujer en la vida matrimonial hasta tal punto que provoca una protesta típicamente machista en sus oyentes: «Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, no trae cuenta casarse» (Mt 19, 10).


  Jesús destruye la imagen de la mujer-objeto al servicio del placer del hombre y de la procreación. Encontramos en la tradición evangélica escenas muy significativas. Un día, una mujer alaba a Jesús reduciendo la grandeza de su madre a lo único importante para una mujer de aquella sociedad: un vientre fecundo y unos pechos para amamantar a los hijos.  Jesús tiene una visión distinta. Para una mujer, por muy importante que sea su maternidad, lo es todavía más el escuchar la palabra de Dios y cumplirla (Lc 11, 27-28). La misma actitud adopta Jesús en casa de sus amigas Marta y María: «Marta, Marta, te afanas y preocupas por muchas cosas y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola: María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42). La mujer no debe quedar reducida a la esclavitud de las faenas del hogar. Hay algo mejor, a lo que tiene derecho y es la escucha de la palabra de Dios.


  Jesús rechaza una visión de la mujer que la reduzca simplemente al plano del placer sexual. Pide un respeto total. «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). Incluso cuando se encuentra con una mujer pública, Jesús rechaza la actitud del fariseo Simón que mira a aquella mujer desde una perspectiva puramente sexual. Jesús se acerca a la prostituta como a una persona humana necesitada, y le ayuda a descubrir su dignidad personal, reconocer su pecado y buscar su liberación (Lc 7, 36-50).


  Jesús ha sido un hombre muy cercano a la mujer. Ha tenido amigas como Marta y María (Lc 10, 38-42). Ha sabido curar a las mujeres (Mc 7, 25-30; Lc 8, 2; 13, 10-13) incluso tocándolas, gesto totalmente prohibido a un rabino (Mc 1, 30-31). No se ha preocupado del tabú de la sangre y la impureza ritual que rodea a la mujer (Mc 5, 25-34). Defiende a una mujer adúltera de las acusaciones hipócritas de los varones (Jn 8, 2-11). Se deja besar por una prostituta (Lc 7, 37-38). No se encuentran nunca en su boca las expresiones despectivas para la mujer tan frecuentes en los rabinos. Al contrario, es tal su concepción de la dignidad de la mujer que no tiene reparo alguno en hablar de Dios en sus parábolas bajo la imagen de una mujer (Lc 15, 8-10).

 

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