Dios, sentido último de la historia

mayo 21, 2022

 

✨ Dios, sentido último de la historia


  Al anunciar el reino de Dios, Jesús predica, antes que nada, un sentido absoluto para nuestro mundo. El hombre, para caminar hacia la liberación, necesita un horizonte de esperanza. Y es esto precisamente lo primero que Jesús ofrece: la esperanza de que esta injusticia, este sufrimiento y esta muerte que parecen dominar al mundo no durarán para siempre, porque no tienen la última palabra.


  Jesús anuncia un sentido último, estructural, radical que va más allá de todo lo que el hombre puede hacer y proyectar; un sentido último que cuestiona los intereses inmediatos sociales, políticos o religiosos por los que se afanan los hombres. «El no anuncia un sentido particular, político, económico, religioso, sino un sentido absoluto que todo lo abarca y todo lo supera. La palabra clave, portadora de este sentido radical, contestador del presente, es el reino de Dios» (L. Boff).


  Hay una alienación profunda que atraviesa toda la realidad humana, cada individuo, cada sociedad y el cosmos entero. ¿Quién nos podrá traer la salvación? ¿Qué es lo que nos podrá llevar a la reconciliación de todo con todos? E. Bloch nos ha recordado que en el hombre hay «un principio-esperanza» que constantemente suscita en la humanidad utopías de superación y anhelos de felicidad total. El reino de Dios que Jesús anuncia nos invita a creer que la utopía del hombre no es algo imposible, pues Dios es la meta del hombre y para Dios nada es imposible. Jesús anuncia una meta última y un sentido absoluto y global para todos los proyectos del hombre y nos urge a ponernos ya en marcha desde ahora y comprometernos en esa historia de liberación total.


  Descubrir un sentido último a la historia del hombre no es algo superfluo en nuestra sociedad. Descubrir el sentido último a la vida es empezar a posibilitar la liberación. Observemos algo de lo que sucede en la sociedad industrial. El hombre va progresando técnicamente, pero vive en una dependencia cada vez mayor de sus propias obras y organizaciones. Los medios de comunicación social nos informan cada vez mejor de la realidad mundial. Conocemos como nunca las miserias, las catástrofes y las injusticias que se cometen en la tierra. Todo esto puede crear en nosotros una conciencia de solidaridad, pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestro sentimiento de culpabilidad y la impresión de impotencia, pues nuestras posibilidades de actuación son mínimas. «Todos conocen más miseria de la que pueden transformar, porque las posibilidades de intervención activa son exiguas» (J. Moltmann). Por otra parte, son muchos los hombres que se preguntan a dónde puede conducirnos este progreso de carácter tecnológico. «Cada año parecemos estar mejor equipados para conseguir lo que queremos. Pero ¿qué es lo que queremos?» (Bertrand de Jouvenel). Esta sociedad que sabe construir y sabe caminar tras metas técnicas cada vez más elevadas ha perdido de vista cuál puede ser el sentido último de todo. Está esperando esa buena noticia.


  Son muchos los hombres y mujeres que viven con la impresión de estar viviendo una vida raquítica, pobre, encadenados para siempre a un oficio o una especialización, sin poder desarrollar más que una parte mínima de sus aptitudes. J. Moltmann habla del «idiota de la especialidad», triste caricatura de un hombre armónico y total, y cita las palabras de F. Schiller: «Vemos no tan sólo a unos cuantos hombres individuales, sino a clases enteras de hombres, desplegar únicamente una parte de sus aptitudes, mientras que las restantes, como plantas raquíticas, apenas si son señaladas con débiles indicios. Encadenado eternamente a un único y pequeño fragmento de lo total, el hombre se forma a sí mismo tan sólo como fragmento; eternamente tan sólo oye en su oído el ruido monótono de la rueda que hace girar, nunca despliega la armonía de su ser, y en lugar de estampar la humanidad en su naturaleza, pasa él a ser sello impreso de su negocio, de su ciencia». Hombres y mujeres atados al ritmo monótono del trabajo, encerrados sin remedio en ese sistema cerrado de la sociedad industrial: «trabajo, producción y consumo».


  En verdad, esta sociedad cerrada no conoce nada verdaderamente nuevo, aunque produzca y consuma objetos cada vez más complejos y sofisticados. Este hombre necesita saber que esto no es todo. Hay algo más, algo verdaderamente nuevo y definitivo que puede dar sentido ya desde ahora a la vida de cada día.


  Por otra parte, el hombre de la sociedad moderna fácilmente pierde su humanidad detrás de un conjunto de funciones sociales que debe realizar (padre, mecánico ajustador, secretario local del partido X, miembro de la junta de vecinos, aficionado a la caza…). La sociedad le pide en cada campo que cumpla su función. Tiene que hacer lo que se espera de él, si quiere ser alguien en la sociedad. De esta manera vive desdoblándose en diversas personalidades, adaptándose a los diversos papeles sociales, sin saber exactamente dónde puede ser auténticamente él mismo, lo que en realidad es. Es cierto lo que apunta J. Moltmann: «Esta realidad social y política se convierte en un pequeño teatro del mundo, en el que cada uno desempeña su papel, hasta que sale de escena y siguen otros desempeñándolo».


  Este hombre necesita encontrar un sentido profundo a su vida, algo que le ayude a vivir con verdadera libertad interior frente al desgarramiento y desdoblamiento que sufre en esta sociedad, algo que le ayude a realizarse sin desentenderse, por otra parte, de los condicionamientos sociales y políticos en los que tiene que vivir.


  Y ésta es precisamente la primera oferta de Jesús: la vida tiene sentido desde un Padre y hacia un Padre. Nuestra vida alcanza su sentido más pleno cuando nos comprometemos a vivir como hijos de un Dios Padre, creando fraternidad, y caminando como hermanos hacia la solidaridad final. La vida se justifica cuando luchamos por ser justos y por lograr una justicia fraternal, la exigida por la justicia de un Dios Padre.

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