✨ Junto a los marginados
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Jesús se nos presenta siempre como un hombre cercano a los pobres, pecadores, publicanos, prostitutas, ladrones, samaritanos, viudas, niños, ignorantes, leprosos, enajenados, locos, enfermos…, es decir, los sectores marginados, desprestigiados, abandonados en aquella sociedad. No podemos dudar de que Jesús fue un hombre cercano a los desheredados, a los que se les negaba la esperanza en aquel pueblo. Estuvo cerca de los que más le necesitaban para ser humanos.
El ambiente que rodea a Jesús aparece designado de diversas maneras en las tradiciones recogidas en los evangelios, pero sobre todo, se les llama con una doble terminología: pecadores, publicanos, prostitutas (Mc 2, 16; Mt 11, 19; Lc 15, 1; Mt 21, 32) y pequeños (Mc 9, 42; Mt 10, 42; 18, 10. 14). Este último término designa a gente sencilla, ignorante, agobiada, minusvalorada, mal vista, de fama sospechosa, gente inculta que no conoce la ley ni la cumple. «Resumiendo, podríamos afirmar que los seguidores de Jesús consistían predominantemente en personas difamadas, en personas que gozaban de baja reputación y estima: los amme ha’ares, los incultos, los ignorantes, a quienes su ignorancia religiosa y su comportamiento moral les cerraban, según la convicción de la época, la puerta de acceso a la salvación» (J. Jeremías).
Este rasgo de Jesús es tan característico que el mismo Jeremías ha podido afirmar que el resumen del evangelio y de toda la actuación de Jesús no es sencillamente: el reino de Dios ya ha llegado, sino el reino de Dios ha llegado a los pobres, a los pecadores, a los excluidos, a los marginados (cfr. Mt 11, 5-6).
Con esta actitud, Jesús no afirma la superioridad de los pobres y pecadores sin más ni más. El pobre no es considerado como si fuese por eso mismo mejor que el rico. «No hay en Jesús ninguna afirmación de la “superioridad moral” de los marginados; ninguna canonización de la pobreza que convierta a ésta en una especie de nueva Torá» (J. I. González Faus). Si Jesús se pone de su parte no es porque sean mejores, sino porque cree en la bondad de Dios que los acepta y los acoge por encima de todas las exclusiones de los hombres. Dios ofrece su salvación a los que se les cierra toda salida. Dios acoge a los que los hombres excluyen.
Jesús ha actuado convencido de que el reino de Dios pertenece antes que a nadie a los pobres, a los desvalidos, a los que no cuentan con la defensa de nadie, los desheredados del mundo. Son ellos los privilegiados, los primeros beneficiarios del reinado de Dios. Nos encontramos aquí con un rasgo fundamental del mensaje y de la actuación de Jesús. Dios no es neutral frente a un mundo dividido y desgarrado por las injusticias de los hombres. Dios favorece en concreto a los pequeños, a los pobres, los marginados, los enfermos, los abandonados. Y Jesús también. El entiende que, al final de la vida, se celebrará una gran fiesta en la que sorprendentemente el rey se sentará a la mesa rodeado de pobres, lisiados, ciegos y cojos (Lc 14, 15-24).
¿Por qué? ¿Es que los pobres son mejores que los demás para merecer el reino de Dios? No. El privilegio de los pobres no se debe a que sean más justos o más piadosos que los demás. Se debe a la bondad y a la justicia de Dios que no puede reinar entre los hombres sino defendiendo a los abandonados, oprimidos y desheredados, protegiendo a los que no tienen otro defensor (Sal 146, 7-10; 72, 12-14; Is 61, 1-2). Jesús con su mensaje y su actuación trataba de hacer ver a los pobres que para ellos era una buena noticia la llegada de Dios (Mt 11, 5-6). (Cfr. más adelante, pp. 129-146).

