✨ Todos buscamos felicidad
Es el primer dato. Todos buscamos ser felices. Jóvenes y adultos, pobres y ricos, personajes famosos y gentes desconocidas, todos andamos tras la felicidad. No sabemos cómo alcanzarla ni dónde puede estar, pero todos la buscamos. Allí donde encuentro a un hombre o una mujer, puedo estar seguro de que estoy ante alguien que busca exactamente lo mismo que yo: ser feliz.
El filósofo latino, Séneca escribió un pequeño tratado sobre la felicidad, titulado De vita beata, que comienza con estas conocidas palabras: «Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices». El ser humano anda siempre tras la felicidad. Si no la tiene, la busca; si cree poseerla, trata de conservarla; si la pierde, se esfuerza por recuperarla. Y cuando renuncia a una determinada felicidad, siempre lo hace buscando otra de mayor interés.
Es conocida la reflexión de san Agustín en sus Confesiones: «¿No es la felicidad lo que buscan todos los hombres? ¿Hay uno solo que no la quiera?… Pero, ¿dónde la han conocido para quererla así? ¿Dónde la han visto para quererla de esa manera?… Apenas oímos pronunciar esta palabra, reconocemos que todos deseamos lo mismo… Si se pudiera interrogar a la vez a todos los hombres y preguntarles si quieren ser felices, todos responderían sin dudar que quieren serlo… El deseo de ser feliz no es sólo mío o de un número reducido de personas: todos, absolutamente todos, queremos ser felices. Unos piensan que encontrarán su felicidad de una manera, otros de otra. Pero todos están de acuerdo en un punto: todos quieren ser felices».
Pero no necesitamos pensar en lo que han dicho otros. Basta que observemos nuestra vida. Constantemente estamos haciendo todos esa especie de «balance vital» del que habla Julián Marías. De manera callada, siempre estamos captando cómo nos encontramos: «Me siento bien o me siento mal», «me encuentro mejor o me encuentro peor». Siempre estamos viviendo con un tono determinado, y siempre estamos buscando «sentirnos bien».
El mismo Julián Marías hace unas observaciones sobre «el despertar», que arrojan mucha luz. Cada mañana nos despertamos a un nuevo día, al trabajo, a la actividad, a la tarea que hemos de llevar a cabo. Todo esto es cierto. Pero, si ahondamos un poco, comprobaremos que cada mañana nos despertamos a la felicidad o a la infelicidad. Detrás de todas las ocupaciones, experiencias o acontecimientos que nos esperan y, como fondo de todo, percibimos felicidad o infelicidad.
Por eso, hay como dos maneras de despertarse. Cuando percibimos un horizonte de felicidad, lo hacemos con un «sí» a la vida, dispuestos a alimentar y disfrutar esa felicidad más o menos intensa que experimentamos. Cuando, por el contrario, captamos que nos espera infelicidad, nos despertamos de otra manera, en una postura defensiva o de resignación y buscando algo que nos ayude a sentirnos mejor.
🔥 A los cristianos se nos olvida a veces que el evangelio es una respuesta a ese anhelo profundo de felicidad que habita nuestro corazón. No acertamos a ver en Cristo a alguien que promete felicidad y conduce hacia ella. No terminamos de creernos que las bienaventuranzas, antes que exigencia moral, son anuncio de felicidad. En la historia del cristianismo se ha ido abriendo una distancia grande entre la felicidad concreta y actual de las personas y la salvación eterna. Se tiende a pensar que la fe es algo que tiene que ver exclusivamente con una salvación futura y lejana, pero no con la felicidad concreta de cada día, que es la que ahora mismo nos interesa. Este grave malentendido es, tal vez, uno de los mayores obstáculos que encuentran hoy bastantes personas para abrirse al evangelio. La cultura moderna ha nacido con la sospecha de que Dios es enemigo de la felicidad. F Nietzsche, K Marx, S Freud y demás creadores de la cultura actual han sospechado, desde análisis diferentes, que la religión no busca la felicidad del ser humano sino su desdicha. Esta sospecha se ha extendido de tal forma que hoy son muchos los que piensan, a veces sin atreverse a decirlo en voz alta, que la religión es un fastidio. Un estorbo para vivir la vida intensamente y con libertad. En el corazón de no pocos anida la sospecha de que sin Dios y sin religión seríamos más felices.
Los hombres y mujeres de hoy seguirán alejándose de la fe mientras no descubran que Dios sólo busca nuestra felicidad y que la busca desde ahora. Que Dios es sólo salvador, y salvador de nuestra felicidad ahora y para siempre. A Tony de Mello dijo en cierta ocasión que los cristianos nos hemos preguntado mucho si hay vida después de la muerte. Según él, ha llegado la hora de que nos preguntemos también si la fe proporciona vida antes de la muerte.
Las bienaventuranzas nos ayudan a descubrir de manera concreta el camino a seguir para encontrar y disfrutar la felicidad vivida y experimentada por el mismo Jesús: «Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté dentro de vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11). El camino diseñado en las bienaventuranzas nos puede hacer conocer la felicidad vivida por el mismo Jesús. Sólo así alcanzan su plenitud nuestras pequeñas alegrías.







