abril 25, 2022
✨ La libertad de Jesús. Pte. 01
🔸 Libre frente a las ideologías
Una lectura atenta de los evangelios nos descubre la libertad de Jesús frente a las ideologías religiosas, sociales y políticas de su tiempo. No se puede afirmar que la actuación y el comportamiento de Jesús sean fruto de una ideologización.
Desde comienzos del siglo XIX se entiende por ideología «cualquier complejo de concepciones (incluyendo, entre otras cosas, puntos de vista, prejuicios, ilusiones), orientado social y políticamente, que es común a un gran número de personas (grupo, minoría, profesión, clase) en una sociedad. La ideología es un aparato conceptual, la mayoría de las veces con ribetes fuertemente emocionales, para interpretar y legitimar una determinada realidad social en interés de lo colectivo» (H. Schoeck).
Ciertamente, Jesús no aparece vinculado a la ideología de un grupo determinado (fariseos, saduceos), ni de una profesión (rabbí, sacerdote), ni de una clase social (aristocracia, burguesía, proletariado, subproletariado), ni de una minoría (Qumrán, círculos apocalípticos). Jesús resulta inasible, inclasificable, libre.
Esta libertad de Jesús frente a las ideologías de su tiempo, es reflejo de su libertad frente a la ley de la que derivaban, de alguna manera, todas las corrientes ideológicas en la sociedad judía. Más adelante, estudiaremos la libertad de Jesús ante la ley, pero queremos desde ahora citar a E. Kásemann que ve así la libertad de Jesús: «Jesús fue liberal, sin importarnos lo demás que haya sido. Esto no hay que discutirlo lo más mínimo aunque iglesias y hombres piadosos protesten diciendo que es una calumnia. Fue liberal porque, en nombre de Dios y con la fuerza del Espíritu Santo, interpretó y midió, a partir del amor, a Moisés, a la Escritura y al dogma, y con ello permitió a los hombres piadosos que siguiesen siendo humanos e incluso juiciosos…».
🔸 Libre frente a prejuicios y «tabúes»
La palabra tabú de origen polinesio (ta = designar, pu = extraordinario) indica algo separado, inaccesible, peligroso, que no puede ser tocado por nadie. Los tabúes se fijan con gran fuerza en la vida de los pueblos y son decisivos en el comportamiento de los hombres dentro de una sociedad. Enfrentarse a ellos significa atacar el sistema mismo y poner en peligro la propia persona dentro de esa sociedad.
Pues bien, en Jesús observamos una libertad de iniciativa frente a diversos tabúes y prejuicios erigidos en normas rígidas de vida y un volver hacia una actitud ingenua, sencilla, limpia, de niño que busca la voluntad del Padre.
Hay una gran distancia entre su conducta y las normas sociales de su tiempo, un gran contraste entre su manera de actuar y lo que aquella sociedad deseaba o esperaba de él. Jesús no es esclavo de los prejuicios y las reglas de comportamiento social que se tenían por intocables.
Jesús trata con la gente sencilla del campo, los malditos amme ha’ares, hombres que no conocen la Torá ni la cumplen, gente despreciada, excluidos de antemano del reino definitivo de Dios por numerosos piadosos judíos. Este es el ambiente normal en que se mueve.
Jesús no respeta las diferencias de clases tan estrictamente observadas en aquella época. Habla con todos. Busca el contacto con todos. No respeta la división entre prójimos y no prójimos, entre ricos y pobres, entre justos y pecadores. Se acerca a todos.
De manera especial, se acerca a los desclasados y marginados religiosa y socialmente, a los pecadores, hombres de fama dudosa, de profesión despreciable, publicanos, supuestos ladrones, prostitutas, mujeres de mala vida. Come con ellos rompiendo toda clase de convenciones y prejuicios sociales y religiosos (Mt 9, 10-13; 11, 19; Lc 7, 36-50; 19, 1-10).
Jesús no tiene miedo de acercarse a los leprosos e incluso de tocarlos (Mc 1, 40-41; 14, 3), rompiendo así todas las normas legales y sociales que los consideraban impuros (Lv 13, 45-46; 14, 46).
Se acerca constantemente a los enfermos, los enajenados, locos, endemoniados, impuros, hombres considerados pecadores a los ojos de todo judío (Mc 1, 25-28; 1, 32-34; 5, 25-34; Jn 9, 1-2).
Desafía las normas de conducta y las presiones sociales que marginaban a la mujer, tratando con ellas y aceptándolas en su seguimiento y escucha (Mc 15, 40-41; Lc 8, 1-3; 7, 36-50; 10, 38-42, etc.).
Jesús actúa con libertad frente a los minuciosos ritos de purificación practicados en la sociedad judía (Mc 7, 1-16; Lc 11, 37-40). Lo verdaderamente importante es la búsqueda del reino de Dios y su justicia (Mt 6, 33).
La libertad de Jesús no se detiene siquiera ante el tabú del sábado: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27; cfr. Mc 3, 1-6; Mt 12, 10-14; Lc 13, 10-17).
Aunque la tradición sobre Jesús que acabamos de recordar ha sido reelaborada y retocada por las comunidades cristianas en función de sus intereses y preocupaciones, es indudable la actuación sorprendentemente libre de Jesús frente a tabúes, prejuicios y convenciones sociales, rituales, cultuales.
🔸 Actitud creadora
Jesús es un hombre que actúa sin acomodarse a esquemas y moldes prefabricados. «En lo que nos es posible constatar, jamás se dejó atrapar en la casuística judía» (E. Kásemann). Sus palabras, sus gestos, sus reacciones son las de un hombre que actúa con libertad creadora. La búsqueda, la iniciativa, la creatividad son rasgos que le caracterizan.
L. Boff describe a Jesús como alguien de singular fantasía creadora. «Muchos entienden mal la fantasía y piensan que es sinónimo de sueño, de fuga desvanecedora de la realidad, ilusión pasajera. Fantasía es una forma de libertad. Ella nace de la confrontación con la realidad y el orden vigente; surge del inconformismo frente a una situación dada y establecida; es la capacidad de ver al hombre mayor y más rico que su contexto cultural y concreto; y tiene el coraje de pensar y decir cosas nuevas y andar por caminos aún no hollados pero llenos de sentido humano. Vista así, podemos decir que la fantasía era una de las cualidades fundamentales de Jesús. Tal vez, en la historia de la humanidad no haya habido persona alguna que tuviese fantasía más rica que la de Jesús».
Ciertamente, Jesús no está conforme con la situación en que encuentra a los hombres. El ve la vida y el destino de los hombres en el horizonte del reino de Dios. Jesús no viene a repetir sino a crear. Viene a proclamar una buena noticia. Jesús se presenta como «un hombre que viene a crear entre los suyos una esperanza decisiva, destinada finalmente a alcanzar a todos los hombres» (J. P. Audet). Este es el objetivo final de toda su actuación. Y vive convencido de que Dios mismo va creando y despertando esta esperanza a través de su acción y de su persona (Lc 11, 20).
Por todo ello, la actuación de Jesús no encuadra en los modelos tradicionales y conocidos del sacerdote judío o del rabino especialista en la ley, que son modelos de vida cerrados, que se mueven en el ámbito establecido por la Torá de Moisés. Por una parte, la actuación de Jesús, su proyecto de vida, sus gestos, su estilo de actuar, desbordan el marco ritual, cultual, fijo del modelo levítico, sacerdotal. Por otra parte, su presencia en medio del pueblo, su anuncio de la buena noticia de Dios, su actitud ante la ley no encuadran en el modelo de la enseñanza rabínica de los escribas. El pueblo detecta la novedad: «¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva, expuesta con autoridad!» (Mc 1, 27). «La gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7, 28-29).
La actuación de Jesús hemos de considerarla más bien en la línea del modelo profético, que es un modelo abierto a la novedad, al futuro, al espíritu de Dios. Sin embargo, hemos de decir que Jesús se ha inspirado en el modelo ofrecido por los antiguos profetas superándolo con total libertad. Jesús no se mueve como los profetas, en el marco de la alianza entre Yahveh y el pueblo para recordar una vez más a Israel las exigencias de la ley y las promesas de la alianza. Jesús anuncia con decisión algo totalmente nuevo: la cercanía liberadora de Dios empieza a ser realidad.
🔸 Libertad ante las riquezas
Jesús se nos muestra libre ante el dinero, la riqueza, los bienes materiales. Por los datos que podemos poseer, las condiciones de vida de Jesús no se han diferenciado mucho de las de la mayor parte de sus contemporáneos, en aquella sociedad subdesarrollada.
Jesús no es un hombre obsesionado por la austeridad. Su figura se aleja claramente de la de Juan el Bautista. Lucas, tan preocupado de destacar la pobreza cristiana, nos indica, sin embargo, que Jesús disponía de medios y ayudas que le permitían una independencia para dedicarse a su tarea de predicación (Lc 8, 3).
Pero Jesús, ciertamente, no ha sido esclavo del dinero. Nunca se le ve preocupado de su seguridad económica. Nunca actúa buscando el interés monetario. Uno de los rasgos característicos de su actuación es la gratuidad. Jesús actúa gratis. No cobra. Su enseñanza, su dedicación a los discípulos, su acogida a las gentes, sus curaciones, su tiempo, no tienen un precio. No pide para él nada.
Para Jesús el dinero no ha tenido un poder de seducción. Su estilo de vida despreocupado, dedicado a los más necesitados y pobres, no es el estilo de un rico. Jesús no ha apreciado el poder que se puede encerrar en las riquezas. Jamás las ha utilizado como medio de influencia. Jamás ha visto en el dinero un medio para anunciar y establecer el reino de Dios. El dinero no es el medio adecuado para llevar adelante su proyecto.
Al contrario, a través de toda su enseñanza aparece con insistencia una convicción: la esclavitud del dinero es un obstáculo para estar disponible para Dios. Es necesario estar libre de riquezas para acoger prácticamente el reino de Dios en nuestra vida. Dios no puede reinar en la vida de un hombre dominado por el dinero. La vida de Jesús es la vida de un hombre que sabe que no se puede servir simultáneamente a Dios y al dinero (Lc 16, 13 = Mt 6, 24). A Dios no se le encuentra en las riquezas, en el poder, en la grandeza (Lc 12, 13-21; 16, 19-31). A Dios se le encuentra a través de la fe, la confianza y la búsqueda de su justicia: «Buscad primero su reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 33).
Esta liberación de toda atadura o preocupación por el dinero es tan importante a los ojos de Jesús que es la exigencia más acentuada a sus discípulos (Mc 6, 8-9; Mt 10, 7-10; Lc 10, 4; Mc 10, 17-22): «Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10, 8).
🔸 Libertad ante el futuro
El hombre sólo tiene libertad cuando toma postura ante el porvenir. Con frecuencia es el temor a enfrentarnos con lo venidero lo que nos intranquiliza, nos impulsa a replegarnos sobre nosotros mismos y nos anula.
Jesús es un hombre abierto ante el futuro, en actitud de disponibilidad confiada. La consigna de Mt 6, 34: «No os preocupéis del mañana; el mañana se preocupará de sí mismo», no es una mera exhortación para otros. Es la actitud de Jesús reflejada a lo largo de todo su comportamiento.
No se le ve a Jesús como un hombre preocupado por las repercusiones que se pueden derivar de su predicación y de sus actuaciones. Jesús no ha vivido pendiente de su propia imagen. No se ha preocupado de conservar el prestigio adquirido en un primer momento. Se ha acercado a la gente sospechosa, inmoral y de mala reputación, descuidando totalmente su buena fama de profeta (Mt 9, 10-11 = Mc 2, 15-16; Mt 11, 19; Lc 7, 36-50).
Por otra parte, se ha negado con firmeza a representar ante el pueblo roles que le alejaban de su verdadera misión de anunciar y establecer el reinado de Dios. Ha adoptado una actitud de clara reserva ante las expectativas mesiánicas de carácter político-militar, tan extendidas en aquella sociedad, sin miedo a defraudar al pueblo y comprometer su futuro (Mc 8, 29-30). Se ha mantenido fiel a su tarea, aun consciente del rechazo y el enfrentamiento que podía suscitar: «El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30 = Lc 11, 23).
Pero, sobre todo, a través de todo el material evangélico, se observa la libertad y la fidelidad de Jesús a su misión, a pesar del clima creciente de hostilidad que su actuación va provocando en los sectores más influyentes de aquella sociedad (círculos fariseos, ambientes sacerdotales de Jerusalén, etc.). Jesús no se detiene a modificar su enseñanza, suavizar su llamada, cambiar su actuación (Mc 3, 1-6; Lc 11, 45-46; Mt 12, 1-14). La cruz fue consecuencia de su actuación libre.


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