✨ El diálogo con el Padre
Lo que primeramente destaca en la oración de Jesús es el clima de confianza e intimidad con Dios. Todo ello es expresión de un diálogo filial y confiado con su Padre.
La idea de la paternidad de Dios está ya presente en el pueblo elegido. Yahveh es el Padre de Israel. Pero los israelitas no se han atrevido, en general, a dirigirse a Dios llamándole Padre. El sentido profundo de la grandeza y del señorío de Yahveh lo ha impedido.
En el judaísmo tardío y, concretamente, en el ambiente que Jesús conoció, la trascendencia y majestad de Dios eran destacadas de manera especial. Conocemos indicios muy significativos. En tiempos de Jesús se evitaba cuidadosamente el pronunciar el nombre de Dios. El nombre de Yahveh era sustituido en la lectura pública por el término majestuoso de Adonay (nuestro Señor). En los textos de Qumrán el nombre de Dios aparece generalmente en escritura hebrea antigua o indicado por cuatro puntos. En los escritos rabínicos y en los targumin se evita el nombre de Dios acudiendo a diversos procedimientos. Sólo una vez al año, el sumo sacerdote pronunciaba el nombre santo de Dios durante la liturgia del gran día de la Expiación, pero lo hacía en medio de los cantos y la música litúrgica, de manera que su voz no pudiera ser escuchada por nadie.
Al hablar de Dios se evitaba su nombre acudiendo a diversas paráfrasis o circunlocuciones (como el giro pasivo) o empleando expresiones como «El Altísimo», «El Santo, alabado sea», «El Señor del cielo», «La Gloria», «El Nombre», «El Cielo», «El lugar», «La Palabra», «El Poder», etc. Basta leer la literatura de la época para apreciar la enorme distancia que separa al judío del Dios lejano y trascendente. Dios queda tan distante de los hombres que no puede entrar directamente en contacto con el mundo sino por medio de mensajeros y seres intermediarios. Dios es concebido como un rey poderoso rodeado de una corte de ángeles que ejecutan sus órdenes en todo el mundo.
Por eso, resulta extraña y sorprendente la confianza absoluta y el abandono filial de Jesús en Dios, su Padre. Es cierto que también Jesús emplea diversos giros para evitar el nombre de Dios. Habla de Dios designándolo con términos como «el cielo» (Lc 15, 7); «las eternas moradas» (Lc 16, 9); «la sabiduría» (Mt 11, 19); «el Nombre» (Mt 6, 9), etc.. Emplea con mucha frecuencia la voz pasiva para referirse a la acción de Dios. Habla espontáneamente de los ángeles del cielo (Lc 12, 8-9; 15, 10). Protesta contra el uso del nombre de Dios en los juramentos (Mt 5, 33-37). Dios es el rey que tiene poder sobre la vida y la muerte (Mt 18, 23-35; 10, 28). Los hombres son sus ciervos inutiles. Estos datos nos descubren a Jesús compartiendo con su pueblo una veneración y un respeto grande ante ese Dios que es el Señor de los cielos y la tierra, dueño y soberano de los hombres. Sin embargo, tenemos que afirmar que «el respeto a Dios como Señor absoluto es un elemento esencial del evangelio, pero no es su centro» (J. Jeremías). En el centro del mensaje de Jesús encontramos la confianza total y absoluta en Dios Padre. Es significativo el observar que en todas las oraciones que han llegado hasta nosotros, a excepción del grito de la cruz que es una cita del Salmo 22, 2, Jesús se dirige a Dios llamándole Padre. Jesús acostumbraba a llamar a Dios Abba y esta impresionó de tal manera que en la comunidad primitiva se repetía el término en arameo, tal como lo pronunciaba Jesús (Rm 8, 15).
Esta palabra encierra una intimidad, una familiaridad, una confianza filial en Dios que posiblemente a nosotros se nos escapa. Abba en realidad no significa «padre». Abba es el término familiar que usaban los niños para llamar a su padre. Si hemos de creer al Talmud, las primeras palabras que aprendía a balbucir el niño hebreo eran abba e imma. Abba habría que traducir por papá (aitatxo). Y ciertamente nadie se hubiera atrevido a llamar así en la comunidad primitiva a Dios, de no haberlo hecho Jesús. El mismo que nos ha asegurado que si no cambiamos y nos hacemos niños, no entraremos en el reino de los cielos (Mt 18, 3), ha sido el primero en vivir en una actitud de intimidad y confianza total en el Padre. Aprender a orar como Jesús, es comprender que Dios es nuestro Padre.
Jesús no ora a un Dios lejano al que hay que informar detalladamente de nuestras necesidades. No se dirige a un Dios al que hay que hablar mucho para convencer. «Vosotros al orar, no charléis mucho como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6, 7-8). La oración de Jesús no es una invocación a un Dios al que hay que informar, convencer y persuadir, sino el diálogo sencillo y confiado con un Padre atento a nuestras necesidades. La oración del «Padre nuestro», el modelo que Jesús dejó a sus discípulos, cuando se compara con otras oraciones judías de la época, destaca sobre todo por su concisión y sobriedad. Es una oración confiada y sencilla al Padre que está en los cielos y que según Jesús solamente sabe «dar cosas buenas a los que las pidan (Mt 7, 11).







